Gobierno y Televisa: una ecuación conveniente.

Administración Federal

En el marco de las reuniones preparatorias de la XXIV Cumbre Iberoamericana en Boca del Río, Veracruz, el presidente Peña pronunció un discurso donde expresó, ante empresarios de medios de comunicación de la región, su orgullo por Televisa. El mandatario reconoció a la televisora por la forma en la cual sus contenidos han trascendido las fronteras nacionales y han dejado huella no sólo en los países de habla hispana, sino en todo el mundo. Independientemente de los méritos del gigante de los medios en México, este reconocimiento no pudo llegar en un momento más inoportuno. La polémica desatada por el escándalo de la llamada “casa blanca”, reavivó las críticas por la cercanía que existe desde tiempo atrás entre Enrique Peña, sus ambiciones políticas, y la empresa televisiva. Como si el gobierno federal no tuviera las manos llenas de problemas en cuanto al deterioro de su imagen, el presidente pone en bandeja de plata un elemento adicional de escarnio para el uso y goce de sus detractores. Sin embargo, en vez de sólo poner los reflectores sobre los dichos, resulta interesante analizar el entorno que ha permitido a un consorcio como Televisa erigirse con semejante poder de manipulación y chantaje, no respecto de la población que consume sus contenidos, sino sobre el gobierno a lo largo de los años.
Los cuestionamientos acerca de la influencia de Televisa sobre el gobierno han existido por décadas. Conforme la empresa fue creciendo, al absorber poco a poco la mayoría de las frecuencias concesionadas a particulares, a la par de la expansión misma de la cobertura y el “encanto” de la televisión, también fue incrementándose su poder. No obstante, el consorcio de la familia Azcárraga no hizo sino sacarle partido, bajo una lógica tanto empresarial como política, a las condiciones que cultivó y convenían al régimen autoritario: un entorno adverso a la competencia y la proclividad al control centralizado de los agentes políticos y económicos. El problema estuvo cuando Televisa terminó por mimetizarse con el aparato de gobierno y se convirtió, como en alguna ocasión declaró el segundo de la dinastía Azcárraga, en soldado del PRI. Ahora bien, la sui generis naturaleza de la televisora combina las características propias de una empresa que busca maximizar beneficios, reducir costos y aprovechar oportunidades, con las de un ente político con pretensiones de asirse al poder a como dé lugar. Esto le permitió irse adaptando con éxito a la caída del régimen de partido hegemónico y encontrar paulatinamente la manera de hacer prevalecer su capacidad de influencia en los círculos de gobierno y, más al punto de su influencia, en la sociedad en general.
Por otra parte, es importante recordar que Televisa no debe verse como una especie de poder omnímodo, cuyos medios le permiten manipular a su antojo la realidad política del país. Curiosamente, tal vez la mayor crisis que ha experimentado la empresa en su historia fue provocada por una combinación de factores donde, entre otras cosas, intervinieron decisiones de gobierno. Durante el sexenio de Carlos Salinas, la desincorporación de los medios públicos dio origen a TV Azteca, que fue en algún momento la mayor amenaza contra la hegemonía de Televisa. Esto se sumó a la inestabilidad directiva al interior de la empresa ocasionada por el fallecimiento de Emilio Azcárraga Milmo en 1997, ya con Ernesto Zedillo en Los Pinos. A fin de cuentas, el consorcio tuvo éxito en ajustarse, sobrevivir, e ir poco a poco adaptándose a un ambiente operativo distinto. En el interregno panista en la Presidencia de la República, Televisa se adaptó a la realidad de un poder político descentralizado, mismo que tornó en oportunidad para dejar de ser una empresa dentro del Estado y convertirse en un eficaz “poder factico”. El regreso del PRI al gobierno federal pudo haber constituido el final de una era, y el retorno a mayores restricciones a su capacidad de acción pero, como ilustró la reciente reforma de telecomunicaciones y, más recientemente, los comentarios presidenciales, su poder e independencia aumentaron.
Por último, cabe poner énfasis en que Televisa no es ni un titán invencible al cual todos los actores políticos y económicos se ponen a sus pies, ni tampoco es una quimera que constituye la fuente de todos los males del país. La realidad es que la empresa es un reflejo de la dinámica del sistema y, en términos crudos, es totalmente lógico su interés en mantener el statu quo, en especial si el gobierno así se lo facilita. Un ejemplo de esto es la puesta en práctica de la reforma en materia de telecomunicaciones, donde la autoridad ha tendido a dar un trato diferenciado a la televisora, comparado con el que da a sus potenciales competidores. También resulta al menos paradójico que la principal amenaza actual al poder de Televisa, haya tenido su génesis en los tiempos del desmantelamiento del régimen de paraestatales de principios de la década de 1990. Aunque sea igualmente cuestionable la historia acerca de cómo la empresa telefónica TELMEX ha sido la base para la construcción de otro emporio mexicano multinacional, tampoco es casual que hoy se constituya como el mayor riesgo a la preponderancia de Televisa en el sector de medios de comunicación. Lo cierto es que, más allá de cómo continúe desarrollándose la relación entre el gobierno y los gigantes oligopólicos y/o monopólicos del país, la pregunta es si la autoridad realmente tiene el poder real en esta materia dados los intereses compartidos, muchos de estos inconfesables.

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