Otro ángulo

Quizá el peor terremoto que haya desatado Trump para México no resida en sus ataques e insultos, sino en haber reabierto el dilema -ya histórico- sobre el desarrollo mexicano. Por segunda vez en cuatro décadas, la dirección de la economía mexicana -y del país en su conjunto- parece estar en disputa. Lo extraño es que, en esta ocasión, el embate no proviene, principalmente, de México, sino del “ancla” de certidumbre en que, desde los ochenta, se había convertido Estados Unidos.

El TLC -NAFTA por sus siglas en inglés- fue la culminación de un proceso de cambio que comenzó en un debate dentro del gobierno en la segunda mitad de los sesenta y que, en los setenta, llevó al país al borde de la quiebra. La disyuntiva era si abrir la economía o mantenerla protegida, acercarnos a Estados Unidos o mantenernos distantes, privilegiar al consumidor o al productor, más gobierno o menos gobierno en la toma de decisiones individuales y empresariales. Es decir, se debatía y disputaba la forma en que los mexicanos habríamos de conducirnos para lograr el desarrollo. En los setenta, la decisión fue más gobierno, más gasto y más cerrazón, y el resultado fueron las crisis financieras de 1976 y 1982. Se estiró la liga al máximo, hasta que la realidad nos alcanzó.

A mediados de los ochenta, en un entorno de casi hiperinflación, se decidió estabilizar la economía y comenzar un sinuoso proceso de liberalización económica: se privatizaron cientos de empresas, se racionalizó el gasto público, se renegoció la deuda externa y se liberalizaron las importaciones. El cambio de señales fue radical y, sin embargo, el ansiado crecimiento de la inversión privada no se materializó. Se esperaba que el cambio de estrategia económica atraería nueva inversión productiva susceptible de elevar la tasa de crecimiento de la economía y, con eso del empleo y del ingreso.

El TLC acabó siendo el instrumento que desató la inversión privada y, con ello, la revolución industrial y, sobre todo, de las exportaciones. Aunque hay muchas críticas, algunas absolutamente legítimas, a las insuficiencias de esta estrategia, el país se convirtió en una potencia exportadora que ya no enfrenta restricciones en la balanza de pagos como las que, por décadas, fueron fuente de crisis. Pero el TLC fue mucho más que un acuerdo comercial y de inversión: fue una ventana de esperanza y oportunidad.

Para el mexicano común y corriente, el TLC se convirtió en la posibilidad de construir un país moderno, una sociedad fundamentada en el Estado de derecho y, sobre todo, en un boleto a la posibilidad del desarrollo. Quizá esto explique la extraña combinación de percepciones respecto a Trump: por un lado, un desprecio a la persona, pero no un antiamericanismo ramplón entre la población en general; y, por el otro, una terrible desazón: como si el sueño del desarrollo estuviese en la picota. Esto se acentúa todavía más por el hecho que, en todos estos años, la economía no ha logrado tasas elevadas de crecimiento ni un sensible aumento en el producto per cápita.

En términos “técnicos”, el TLC ha cumplido ampliamente su cometido: ha facilitado el crecimiento de la inversión productiva, generado un nuevo sector industrial -y una imponente potencia exportadora- y conferido certidumbre a los inversionistas respecto a las “reglas del juego.” Indirectamente, también creó esa sensación de claridad respecto al futuro, incluso para quienes no participan directamente en actividades vinculadas con el TLC. En una palabra, el TLC se convirtió en la puerta de acceso al mundo moderno. El amago que Trump le ha impuesto al TLC entraña una amenaza no sólo a la inversión, sino a la visión del futuro que la mayoría de los mexicanos compartimos.

En su esencia, el TLC fue una forma de limitar la capacidad de abuso de nuestros gobernantes: al imponerles límites a un cambio en las reglas del juego, establecía una base de credibilidad en el modelo de desarrollo. El efecto de esa visión hizo posible la apertura política que siguió que, aunque enclenque, redujo la concentración del poder y cambió la relación de poder entre la ciudadanía y los políticos. Al mismo tiempo, una paradoja del TLC (y de la disponibilidad de empleos en EUA), la existencia de ese mecanismo permitió a los políticos seguir viviendo en su mundito de privilegios, sin molestarse por llevar a cabo las funciones elementales que les correspondían, como gobernar, crear un sistema educativo moderno y garantizar la seguridad de la población.

Nadie sabe qué ocurrirá con el TLC, pero no hay duda que el golpe ha sido severo. Trump no sólo expuso las vulnerabilidades políticas que nos caracterizan, sino que destruyó la fuente de certeza que entrañaba ese “boleto a la modernidad” inherente al TLC. Aunque acabemos con un TLC modernizado y transformado, el golpe dado ya nadie lo quita. Las percepciones -y, con ello, las esperanzas y certezas- ya no serán las mismas.

No es casualidad que reaparezcan planteamientos de volver a enquistarnos, vengarnos de los estadounidenses y retrotraer al Estado eficaz (¿?) de antaño. Quienes eso proponen no entienden que el TLC fue mucho más que un instrumento económico: es, al menos era, la oportunidad de un futuro distinto.

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