Votar o no votar

Opinión Pública

Para Hamlet el dilema giraba en torno a asumir el reinado con toda la violencia que vengar la muerte de su padre habría implicado. Para el votante mexicano el dilema es menos dramático pero a la vez más fundamental: cómo usar su voto de la manera más inteligente posible. El debate sobre el voto está en apogeo, pero el riesgo de anular el voto es infinitamente superior al beneficio.

Empleando argumentos serios y respetables, muchos estudiosos y comentaristas han abogado por la abstención o por la anulación del voto en la próxima elección. Normalmente, el dilema de un votante es por quién votar –persona o partido- y no el de si acudir a las urnas o cómo cancelar su voto una vez en la casilla. El movimiento en pro de la abstención o la anulación del voto es un intento de protesta contra la parálisis política, la impunidad y la corrupción. Nadie puede negar estos vicios y su arraigo en nuestra realidad política. Por eso, visto desde esa, muy estrecha, perspectiva, parecería razonable considerar la opción de no votar o anular el voto.

Pero esa no es una alternativa convincente. En mi opinión, anular el voto es un mal camino para el votante, para la democracia y para el futuro del país. Anular el voto no hace sino sumar al conjunto de votos desechados y ni siquiera es probable que se pueda distinguir entre los votos anulados por errores del votante de aquellos intencionalmente anulados. Es decir, independientemente de la legitimidad de una causa, el procedimiento inherente a la anulación de un voto no conduce a una protesta creíble, además de que niega la esencia de la democracia.

El voto es el instrumento básico en cualquier democracia y en la nuestra prácticamente el único. El votante mexicano ya de por sí tiene muy pocos derechos y todavía menos instrumentos para hacerlos valer. Abdicar al voto me parece una manera torpe de ejercer su derecho democrático y una forma absurda de desperdiciar el único instrumento efectivo que existe en la peculiar democracia mexicana. Malbaratar el voto en estas circunstancias sería criminal.

Hay tres vertientes dignas de análisis sobre el tema de si votar o no votar: el propósito que se persigue con no votar (a diferencia del derecho individual de acudir a las urnas o quedarse en su casa); la efectividad del no voto o de la anulación del mismo; y el mensaje inherente que manda el ciudadano al ejercer sus derechos de esta manera.

El propósito es más que evidente. Quienes abogan por anular o no votar persiguen esencialmente registrar su descontento: protestar contra los males que aquejan al país, contra la indisposición de la clase política para atender el reclamo y las necesidades de los ciudadanos y contra la corrupción y la impunidad. Todas estas son causas relevantes y para las cuales no es difícil encontrar eco en el conjunto de la sociedad, aunque el movimiento es mucho más relevante entre lo que los foxistas llamaron “círculo rojo”, es decir, los políticos, los que comentan y escriben y los que forman opinión pública.

El objetivo es, pues, protestar. La gran pregunta es quién escucharía la queja. Es decir, aunque muchos movimientos de protesta no buscan, en el fondo, más que la satisfacción de los quejosos, lo importante de un movimiento político que aspira a modificar la realidad reside en la efectividad de su mensaje. Un voto que no se materializa -una abstención- simplemente no existe. El ganador y los perdedores se determinan no por el número de personas que votó respecto al padrón total, sino entre los que acudieron a votar. De esta forma, aunque el nivel absoluto de abstención es políticamente relevante, la integración de la próxima Cámara de Diputados la van a decidir quienes acudan a votar y no quienes se queden en sus casas. Lo mismo es cierto de los votos anulados. Aunque esa contabilidad se realice, es imposible distinguir entre los votos anulados como medio de protesta de los que son producto de errores de los votantes.

La historia es poco benigna para los movimientos de protesta de esta naturaleza. Sólo un movimiento masivo que incluyera a la abrumadora mayoría de la población sería susceptible de lograr un impacto mediático y, por lo tanto, político. Pero una situación así es poco probable de materializarse por la simple razón de que el voto duro de los partidos ahí estará (por eso es duro) y, en estas circunstancias, ese será el que decida la elección. Puesto en otros términos, un movimiento abstencionista no tendría otro efecto que el de afianzar a los componentes más encumbrados de los partidos políticos, precisamente esos que el movimiento acusa de ser parte de la corrupción y la impunidad.

Yo respeto a quienes argumentan con elocuencia por la anulación del voto. Muchos de ellos son amigos cercanos y simpatizo con su posición. Pero la democracia no puede construirse a partir del rechazo de sus instrumentos. Más bien, lo que verdaderamente hace falta es el desarrollo de un debate serio y profundo sobre los proyectos que están en juego, las propuestas de los partidos y su potencial impacto sobre la situación del país. Exhibirlos si no tienen proyectos; argumentar en lugar de negar el voto; obligar a los políticos a responder en lugar de masificar una protesta con poca probabilidad de éxito.

El México político necesita una nueva sacudida que eche para atrás la ignominiosa ley electoral que le cercenó todo derecho a la ciudadanía. La verdadera lucha tiene que ser contra la impunidad, por la reelección, por la transparencia a nivel estatal y por la rendición de cuentas. La promoción del abstencionismo va en detrimento de la fortaleza institucional de los partidos, que es el instrumento a través del cual debería funcionar la democracia. Hay que pelear por un cambio en el régimen de partidos, pero por la vía legal, tal y como hemos intentado un grupo de ciudadanos al ampararnos contra esa ley. Yo no tengo duda que un movimiento así nos acercaría al chavismo que, estoy seguro, es exactamente lo opuesto a las preferencias de todos los que propugnan por la anulación del voto.

Por estas razones, un movimiento en pro de la anulación del voto es estratégicamente riesgoso. El mayor de los peligros reside en que el mensaje que escuchen los políticos sea que la ciudadanía rechaza no a ellos, sino a la democracia, por circunscrita y limitada que esté. Al negar el único y efímero instrumento con que cuenta la ciudadanía en nuestra realidad política, la población no estaría sino reprobando quizá el mayor logro de las generaciones actuales. Anular el voto es, en términos políticos, un acto casi suicida, un acto de negación. Apoyarlo implicaría solidarizarse con el resultado.

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Luis Rubio

Luis Rubio

Luis Rubio es Presidente de CIDAC. Rubio es un prolífico comentarista sobre temas internacionales y de economía y política, escribe una columna semanal en Reforma y es frecuente editorialista en The Washington Post, The Wall Street Journal y The Los Angeles Times.