¿Demasiadas microempresas?

Transporte

En México tenemos una abundancia de empresas chicas y pocas empresas grandes. La existencia de un alto porcentaje de microempresas no tiene en sí mismo nada de malo, pero los números no se ven tan bien cuando estas representan el 95% de las empresas en el país, generan casi el 50% del empleo y representan el 20% del PIB. Las empresas grandes, en contraste son el .3%, generan el 21% del empleo y representan el 37% del PIB. Esto nos lleva a preguntarnos por qué existe tanta disparidad y qué, pues, les impide a muchas de las microempresas crecer a ser empresas pequeñas, medianas o grandes.

Varias condiciones para que las microempresas prosperen están ahí. Por ejemplo, la tecnología permite que cualquier persona con acceso a Internet goce de información a la que antes solamente tenía acceso un reducido número de gente u organizaciones. Esta información va desde bases de datos de proveedores e información sobre licitaciones gubernamentales hasta información sobre las innovaciones que se están llevando a cabo en otros países y las patentes que vencen cada año. En cuanto a la administración, los individuos tienen a su alcance herramientas que antes eran inimaginables, como programas de software que ayudan a los pequeños empresarios a llevar sus procesos contables con relativamente poco esfuerzo.

En términos de innovación, las ventajas que tienen las empresas chicas son muy tangibles. Para empezar, no poseen los costos fijos de las grandes corporaciones, a la vez que su tamaño las lleva a ser mucho más flexibles. Mientras que los grandes corporativos pueden tardar semanas en tomar una decisión importante, en una empresa chica una decisión radical puede darse en horas. Así mismo, con frecuencia las empresas grandes y exitosas están embelesadas en aquellas áreas que las llevaron al éxito y se olvidan de la necesidad de innovar constantemente para mantenerse competitivas. Y esto no quiere decir que las grandes no innoven, sino sencillamente que las chicas pueden tener perspectivas distintas y llevar a cabo experimentos con mayor velocidad.

Las empresas chicas son tan importantes para la innovación en Estados Unidos, por ejemplo, que Peter Drucker se vio obligado a desmentir, en uno de sus libros, la creencia estadounidense de que “solamente las empresas chicas innovan”, para lo cual el gurú de la administración mostró que había un gran número de empresas grandes que llevaban años innovando. En México nadie pensaría, ni remotamente, que las empresas chicas, incluso las medianas, han monopolizado la innovación en el país; ¡todo lo contrario! Todos sabemos que son privilegiadas las empresas chicas en México que se pueden dar el lujo de siquiera pensar en innovar.

Si ser chico en sí mismo no es un problema, entonces ¿por qué muchas de nuestras microempresas no pueden transitar a ser medianas o grandes? o ¿por qué son contados los casos de empresas grandes mexicanas que hasta hace poco eran tan solo micronegocios? Imaginarnos qué hubiera pasado si Walt Disney, Bill Gates o Ray Kroc hubieran nacido en México nos sugiere que tenemos un problema serio con el entorno que hemos creado para los emprendedores del país.

Un buen comienzo es preguntarnos qué necesitan los emprendedores: certidumbre legal, trámites razonables, mercados laborales flexibles. Y si bien la carencia de estas condiciones afecta tanto a empresas grandes como a empresas chicas, se trata de problemas que representan un obstáculo mayor —una pared, casi— para las chicas. Una microempresa puede tener que dedicar el 50 ó 100% de su fuerza laboral a pagar impuestos o a conseguir un permiso para construir, mientras que una empresa grande, por el sólo hecho de tener una planta laboral mayor, puede “diluir” los costos de la regulación administrativa. La misma lógica aplica para temas como la inseguridad o la falta de un mercado laboral flexible.

Por otra parte, los emprendedores también necesitan precios competitivos en sus insumos de producción. Las empresas chicas en México sufren enormemente la liberalización a medias que se ha dado en sectores estratégicos del país. Un empresario necesita poder pagar por determinados servicios lo mismo que pagan sus competidores en otras partes, como sucede con el teléfono, el gas, la electricidad y el transporte, por mencionar sólo algunos factores de producción. Cualquier emprendedor que desee exportar o competir en México con productos importados sabe de antemano que enfrenta una desventaja en costos.

Y qué decir de la falta de capital. El 95% de las Pymes mexicanas arrancan totalmente con recursos personales y préstamos de familiares y/o de amigos. Esto también ayuda a explicar por qué el 90% de los negocios en México son familiares. Estas redes informales de financiamiento no están mal y pueden ser un importante complemento a otras fuentes de financiamiento, pero en nuestro caso más bien parece que dichas redes son el único recurso a la mano.

El entorno de apertura comercial, además, no ayuda a los microempresarios. El surgimiento de potencias como China e India hace que empresas que antes eran exitosas hoy requieran ser más grandes nada más para lograr subsistir. Los negocios exitosos de antaño ahora constantemente se ven en la necesidad de tener mayores economías de escala —para producir más y mejor a un menor costo—, aunque el camino para crecer tenga, como se ve, muchos baches. Y no solamente esta ocurriendo esto en México. En Italia, los conglomerados de pequeñas empresas familiares que por años fueron el orgullo del país, están en graves problemas frente al incremento en los precios de mano de obra y la competencia de productos importados.

Las microempresas en México podrían tener mucho a su favor, pero las circunstancias que los rodean hacen que la balanza se incline en su contra. Resolver estos obstáculos y forjar así el entorno para que crezcan es indispensable para su supervivencia, y no se diga para el desarrollo económico del país.

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