Los monopolistas y los políticos

EUA

Hacia fines del siglo XIX el clima político estadounidense se encontraba dominado por dos preocupaciones paralelas. Por un lado el recelo social hacia las cada ves más grandes corporaciones. Por el otro, el surgimiento de movimientos sindicales cada vez más poderosos y agresivos. Ese entorno social sería el caldo de cultivo ideal de la primera y más grande ola antimonopólica en una sociedad moderna. Muchos políticos se encumbrarían por haber sabido adivinar los temores de su sociedad. El caso más claro fue el de Theodore Roosevelt, cuya retórica cortejó al sentimiento popular antimonopolios, y cuya pertenencia a la elite y valores conservadores tranquilizaron y dieron seguridades a varios de los grandes empresarios estadounidense.

En retrospectiva, los economistas contemporáneos reconocen que la ola antimonopolios de fines del siglo XIX y principios del XX en Estados Unidos no siempre arrojó resultados económicamente superiores. La escisión forzada de algunas empresas se logró sacrificando ocasionalmente sinergias que hubieran resultado socialmente útiles. La eficiencia y la preocupación por los consumidores no han sido los factores que más han pesado en la historia del combate a los monopolios. Los consumidores han creado un clima amenazante para los monopolios, pero nunca han logrado construir organizaciones capaces de hacerlos temblar. Las agencias antimonopolios han sido importantes pero rara vez determinantes. Los monopolios han sido capaces de frenarlas por décadas utilizando a los tribunales.

Si la clave no han sido los consumidores, ni las agencias antimonopolios, ¿qué es lo que explica las sonadas derrotas de las grandes empresas monopólicas en Estados Unidos a principios del siglo XX? ¿qué es lo que explica la derrota de los oligarcas rusos a fines del siglo XX? En ambos casos, los verdugos de los empresarios monopólicos acaban siendo los políticos. Ciertamente no todos los políticos, sino aquellos que tienen un sentido particular de la supremacía del Estado. Theodore Roosevelt, el presidente que inició la ola que después continuarían Taft y Wilson, era un político de ese tipo. Viniendo de una familia acaudalada, no compartía el desprecio de su clase por los políticos. Por el contrario, glorificaba las tareas del Estado (particularmente las militares) y despreciaba las “afeminadas” costumbres de la clase adinerada. Para alguien con su perfil, dejar que los grandes empresarios siguieran imponiéndose sobre el estado americano, implicaba condenar a dicho estado a ser débil. Vladimir Putin es otro personaje que encaja en ese molde. Un producto refinado del aparato de seguridad ruso, totalmente imbuido de una cultura de control y supremacía de lo político. En retrospectiva, la solución estadounidense de principios del siglo XX acabo siendo mucho más amable con las grandes empresas, que la solución política rusa. John D. Rockefeller vio al Estado (Ejecutivo + Suprema Corte) desmembrar el imperio empresarial que había construido a lo largo de su vida. Pero siguió siendo un hombre rico, y cien años después sus descendientes siguen siendo prohombres de la clase empresarial estadounidense. El ex magnate ruso Mikhail Khodorkowsky no tuvo una suerte similar. La cárcel siberiana en la que habita es mucho más fría y solitaria.

Aunque en algunos momentos de la historia el poder económico parece omnipotente, lo cierto es que sus bases son mucho más frágiles de lo que aparentan. A fin de cuentas como lo afirmaba Karl Popper el poder económico depende el poder político. Si los políticos dejan de proteger los derechos de propiedad, quienes concentran la riqueza pronto dejan de tenerla. Y cada tantas décadas, cuando el clima social es propicio, los políticos descubren en sus manos el mango de esa sartén.

La reproducción total de este contenido no está permitida sin autorización previa de CIDAC. Para su reproducción parcial se requiere agregar el link a la publicación en cidac.org. Todas las imágenes, gráficos y videos pueden retomarse con el crédito correspondiente, sin modificaciones y con un link a la publicación original en cidac.org

Comentarios