PRD: racionalidad partidaria o confrontación

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Mientras López Obrador insiste en arengar a su base dura a incendiar la plaza pública y amenaza con autonombrarse “Presidente en rebeldía”, desconocer el triunfo de Felipe Calderón y convocar a una Asamblea Constituyente; y mientras se diluye velozmente el apoyo social que llevó al PRD a obtener una votación histórica, por el otro, sus coordinadores parlamentarios están buscando afanosamente mostrar un lenguaje más civilizado y constructivo que habla de la articulación de acuerdos para impulsar una agenda legislativa consensuada con el resto de las fuerzas políticas.

Mantener el plantón de Paseo de la Reforma por tiempo indefinido y romper un récord Guiness en el número de asambleas informativas realizadas por un líder político a nivel mundial, no es la vía por la que el PRD logrará convertirse en un partido capaz de influir en el rumbo de los asuntos del país.

Quiérase o no, en la democracia que los mexicanos hemos construido con tantos esfuerzos, una proporción muy importante de las decisiones del Estado atraviesa por el Congreso. El PRD sabe perfectamente que está obligado a trabajar en el marco de las instituciones y que no es con la movilización permanente de las masas ni dislocando la vida pública como podrá fortalecer su papel de interlocutor con el nuevo gobierno.

Por otro lado, a pesar de los llamados al diálogo y la unidad nacional de Fox, hay señales en el discurso presidencial, que apuntan a la posibilidad de tomar decisiones duras para restaurar el orden y defender la legalidad. A Fox, finalmente, no le preocupa pasar a la historia como adalid de la tolerancia y la libertad; le interesa la continuidad de un proyecto y está dispuesto a asumir los costos políticos para dejarle el camino desbrozado a su sucesor.

La elección de Javier González Garza y de Carlos Navarrete para coordinar las fracciones perredistas en las cámaras de diputados y senadores, respectivamente, envía señales que resultan interesantes. A diferencia de la nueva camada de expriístas integrantes del círculo más próximo a López Obrador, que han arribado al partido no por convicciones políticas o a la búsqueda de fortalecer un proyecto de izquierda, sino movidos por la ambición, González y Navarrete son perredistas “de carrera” que han vivido de cerca los dilemas de este partido desde su fundación en 1989.

Ambos han arrancado afirmando el valor y la importancia del trabajo parlamentario (lo que contrasta con el discurso antisistémico que sigue enarbolando AMLO), y han enfatizado la necesidad de convertir al PRD en un actor influyente en el trabajo legislativo y hacer valer su condición de segunda fuerza política.

Sin embargo, la toma de la tribuna el pasado 1º de septiembre para negarle a Fox su derecho a dirigirse al Congreso y a la Nación, muestra un PRD que se sigue moviendo entre las pantanosas aguas de radicalismo, por un lado, y la civilidad política, por el otro.

Muchos seguimos esperanzados a que el PRD logre deslindarse de la política radical de López Obrador. Es la hora del PRD histórico, del institucional, del que representan políticos como Navarrete y González, del que es capaz de distinguir los riesgos de la confrontación y las oportunidades de la negociación.

Es la hora del PRD en contra de la sinrazón y la inmolación política por la que clama López Obrador, “no para purificar la vida pública”, sino para satisfacer sus propias ansias mesiánicas. Es la hora de fundar una verdadera izquierda, imaginativa, inteligente, generosa, capaz de dialogar consigo misma, con los otros partidos y con las instituciones, para convertirse en actor decisivo de la agenda nacional.

En el PRD hay un enorme caudal de cuadros políticos valiosos, sensatos, sensibles, conocedores de la dinámica institucional del país y con los activos necesarios para participar responsable y constructivamente en los asuntos públicos. Ambos coordinadores parlamentarios han dicho que no permitirán la “exclusión” del PRD de la vida legislativa. Ello no depende completamente del resto de las fuerzas políticas sino de su propia capacidad de acción política.

Si quieren verdaderamente influir y ser incluidos en las decisiones tendrán que alejarse, precisamente de ese otro PRD contestatario, antisistémico, toma-tribunas y reventador que encabeza López Obrador. En la pluralidad legislativa ya no hay espacio para la cerrazón y las posturas inamovibles basadas en convicciones o valores doctrinarios; la arquitectura plural del Congreso implica el diálogo y la negociación inteligente para construir consensos.

El desprecio por las instituciones y la intolerancia sólo conducirán al aislamiento, la ineficacia política y, finalmente, a la pérdida de un capital, que Javier González Garza y Carlos Navarrete saben muy bien, ha sido conseguido a través de una lucha de muchos años. Es la hora del verdadero PRD. Si no, lo que sigue es el abismo.

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