Sindicalismo “a la carta”.

Presidencia

El 1 de mayo solía ser la fiesta del sindicalismo oficial en México. Los multitudinarios desfiles enfrente de Palacio Nacional simbolizaban la comunión entre el presidente de la República y el sector obrero, uno de los pilares fundamentales del autoritarismo posrrevolucionario. Ya son varios años desde que esa costumbre ha quedado en la historia. La Confederación de Trabajadores de México (CTM) sobrevive de sus añejas glorias y dista mucho de tener el poder de hace unas décadas, a pesar de que su fidelidad al PRI permanece incólume. Del mismo modo, tres de los gremios más poderosos del país -el magisterio, los petroleros y los mineros-están experimentando cambios importantes, sobre todo a la luz de su relación con el poder. Ni siquiera la transición panista pudo conseguir que personajes como Elba Esther Gordillo, Carlos Romero Deschamps o Napoleón Gómez Urrutia vieran mermada su influencia. Al contrario, ellos continuaron navegando en aguas de impunidad y opulencia contrastantes con la cotidianidad de sus subordinados, atrapados cual vasallos por medio de las cuotas e impávidos ante los excesos de sus líderes. En la actualidad, dado el replanteamiento de las relaciones entre el sindicalismo y la autoridad federal, cabe preguntarse cómo será el ajedrez entre ambos actores políticos en lo que resta de la administración Peña Nieto.
Esta semana destacan dos casos judiciales paradigmáticos en lo referente a dos “gigantes” del sindicalismo. Primero, una orden de aprehensión está pendiente contra el auto exiliado Napoleón Gómez Urrutia, “Napito”, líder del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana. Así, en cualquier momento, el gobierno federal podría “sorprender” con la presentación del secretario general de dicho gremio. Asimismo, el 9 de mayo vence el plazo para que el juez correspondiente defina si se repone o no el proceso contra Elba Esther Gordillo, la lideresa de los maestros que está presa desde hace unos meses, no sin antes haberse manifestado en contra de la reforma educativa promovida por el presidente Peña. Por otra parte, tras la tardía presentación de las leyes reglamentarias en materia energética, el sindicato petrolero encabezado por el senador Carlos Romero Deschamps, estaría por experimentar una nueva etapa en la cual, eventualmente, PEMEX dejaría de ser su único patrón. Se podría pensar que los sindicatos han perdido fuerza como grupos de presión en el escenario político. No obstante, tal vez sólo se ha modificado la manera en la que sus líderes se posicionan. La realidad es que mientras más alineados, menos riesgos corren de acabar en el infortunio.
La redefinición del sindicalismo mexicano no es reciente. En el último cuarto de siglo, dos factores han incidido de forma significativa en cómo se vinculan los gremios con la autoridad y los empleadores: la apertura comercial y la transición política. Curiosamente, los cambios en las relaciones entre sindicatos y poder no se ha traducido ni en la modernización de las organizaciones gremiales, ni en la inexorable disminución de cotos particulares. Ejemplo de ello son los casos de los secretarios generales de los sindicatos de telefonistas, Francisco Hernández Juárez, y el de ferrocarrileros, Víctor Flores Morales. Dichos personajes han sobrevivido a la privatización de sus respectivos sectores y han sido hábiles en sus procesos de adaptación a ese proceso. Si bien estos serían casos “exitosos”, no necesariamente significa que los trabajadores hayan mejorado sus condiciones laborales, ni que las empresas de sus sectores funcionen con criterios de productividad, eficiencia y generación de valor agregado. Hoy, las reformas en telecomunicaciones, energía, régimen fiscal de las mineras, y educación, se supone tendrían efectos en sus respectivas organizaciones gremiales. El gobierno ha “mostrado músculo” en sus intenciones de hacer transitar sus reformas con o sin el líder sindical en turno. Incluso ha conseguido controlar, a su manera y en la medida de lo posible, a las disidencias (como la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación). El sindicalismo fue una eficaz herramienta de control socio-político en los tiempos de la hegemonía priista del siglo XX. En el presente, la fortaleza de un gremio -o, mejor dicho, de su líder-dependerá de qué tan “buen soldado” sea dentro del ejército de la estructura del poder.
Por otro lado, resulta claro que la mejor forma de construir una base sólida de relaciones laborales, tanto en el sentido empresarial como político, depende de la competencia. Ahí donde hay competencia, los sindicatos participan de manera activa para mantener la fuente de trabajo y elevar la productividad; ahí donde no la hay, los sindicatos se dedican a expoliar y aprovechar su posición de fulcro en los mecanismos de control político.

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