Un futuro de escenarios

Democracia

Predecir, vaticinar, proyectar estas, todas, son actividades complicadas, hasta un poco místicas, especialmente cuando se trata del futuro. Nuestro futuro, en particular, es un escenario lleno de incertidumbres, donde proyectar los ganadores de elecciones, o tipos de cambio, o ganancias bursátiles, o trayectorias demográficas, parecen más un factor de aventura astrológica que de análisis real.

¿Qué podemos decir sobre nuestro futuro? Como siempre, lo más seguro es que quién sabe. El entorno económico externo es favorable, la inversión privada en mercados emergentes es todavía considerada atractiva (a pesar, incluso, de los fenómenos del nuevo populismo), además de que se proyectan nuevas ganancias significativas por el flujo de las remesas, y los altos precios del petróleo. En materia económica, el sol brilla en las afueras, y la estabilidad reina en los cimientos monetarios y financieros de la casa económica. Esta situación, sabemos, no será para siempre.

Es por ello que, en el ejercicio de política económica, se debe de partir de la base de una estrategia de manejo de escenarios, o de “risk-management esperar lo mejor, pero preparar las cosas para enfrentar lo peor. El próximo gobierno tendrá que vivir con un aparato político sin dinero, en otras palabras, en un régimen de austeridad. Hoy (hoy, hoy), se promete más gasto; mañana y pasado, se tendrá que aprender a gastar mejor. Los pasivos contingentes, esas bombas financieras en potencia, deberán encontrar una solución en medidas difíciles y radicales, como la reforma al sistema provisional de trabajadores del gobierno.

Ciertamente, no se ve un escenario de catástrofe cambiaria asociada con el fin del sexenio presidencial. Este sentir es más producto de las paranoias económicas derivadas del pasado (y completamente justificables), que de los fundamentos actuales. Tenemos el nivel de riesgo más bajo en la historia modera del país, y la afluencia por concepto de las remesas y los precios del petróleo han significado más un problema de acumulación de las reservas internacionales, que de si volveremos a vivir un saqueo.

Por otro lado, nada se puede descartar. Apenas inicia la contienda presidencial, con el ruido consiguiente que la misma tenderá a darnos. Es inevitable, ante este entorno, ante la primera contienda democrática después de la alternancia, que el quehacer económico se verá influenciado, sino es que contaminado, por el proceso político. Esperamos que el tipo de cambio se una fiel barómetro de expectativas, con altibajos y picos especulativos, pero sin un cambio radical a la baja, estilo las devaluaciones del pasado. Empero, el tono de la contienda, la agenda del eventual ganador, los compromisos del nuevo gobierno, todos estos serán definitorios del futuro del país, tanto político, como económico. Lo más seguro es, otra vez, que quién sabe. El manejo de riesgos, por ende, debe ser la premisa capital de la acción política, pero también del quehacer empresarial, incluso del quehacer familiar.

La economía mexicana debe mantener su presente curso de estabilidad para poder capturar los beneficios del alto crecimiento. El próximo mandatario enfrentará candados; y la pregunta para el futuro político del país es si este podrá convertir esos mismos candados en instrumentos de progreso, o si el contrapeso del mismo acabe generando “cadenas que nos impidan salir adelante.

El futuro tendrá la palabra, y, lamentablemente para la vanidad de los astrólogos de las ciencias sociales, nada más.

e-mail: roberto@salinasleon.com

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